La memoria de mi paladar

Nací en los 70

Nací en los 70

Nací en los 70 y me crie en un pueblo de interior. Supongo que esto marca. Los primeros recuerdos de mi paladar tienen que ver con papillas de naranja, plátano y galleta María y de maicenas con yema de huevo. Mi madre me dijo que muchas veces me hacía esas papillas de harina de maíz con un buen caldo de gallina, para darle más sustancia.

Cuando yo era niña las casas del pueblo tenían corrales, no jardines o terrazas, y en los corrales se criaban las vacas, los cerdos, las cabras, las gallinas y los conejos. Ahora, si a un pastor se le ocurre pasar con las ovejas por una calle del pueblo se juega la vida. El pueblo estaba rodeado de parideras con ovejas, de huertos y de campos con frutales.

Me tocó crecer en la transición en todos los sentidos, no solo política, sino también la del corral al jardincito. Pero tuve la suerte de crecer con leche de vaca, que nos vendía la Carmen, con huevos de corral, verdura del huerto del yayo Isidro y con ternasco de casa. Nos llevaban a todos los críos del cole a la matacía de cualquier casa, veíamos parir a las ovejas y recogíamos los huevos del ponedero.

Vivíamos en contacto con la tierra

Vivíamos en contacto con la tierra

El primer trauma de mi paladar fue cuando el Ministerio de Sanidad prohibió criar vacas en las casas y vender su leche. Si bien elegir cuál de los hermanos iba a por la leche era siempre motivo de disputa, su sabor lo compensaba todo. Cada noche, desde la cama, gritaba ¡Mamá, la lecheeeee! Y mamá me traía un vaso de leche del día, sólo hervida, sin más. La primera leche que bebí después de la de la Carmen, fue una leche fresca, en bolsas, muy perecedera, que comercializaba una granja del pueblo. La Pastora. No era lo mismo pero se le parecía. Pero cuando mi tía, en Zaragoza, me dio leche en tetra brik, recuerdo que era Pascual, porque no la he vuelto a probar, no daba crédito. Esto no es leche, sentencié.

También nos tocaba doblar el lomo en las épocas de recolecciones que requerían mano de obra: las patatas no se recogen solas. Odiaba sobre todo recoger judías verdes, que se escondían muy bien, las jodidas. Pero me encantaba ir a por los tomates, tan lisos y colorados, aunque yo me los comía verdes, ahí mismo, en el huerto. Me gustaba también la cereza y el albaricoque, aquí alberge, por eso de subirme a los árboles y porque te comías la mitad de lo que recogías. Más de una indigestión nos costaban los alberges verdes.

Luego había que procesar los frutos de la huerta y para eso también hacía falta mano de obra. Y allí que nos ponían a todos los críos, hermanos y primos, a pelar tomate escaldado hasta que se te arrugaban los dedos; a pelar espárragos, que requería una técnica más depurada; a pelar judías para embotar; a partir y deshuesar melocotón, para poner en almíbar; a pelar pimiento rojo asado, qué aroma, de los mejores olores del mundo…

Recuerdo las meriendas de esa época, de pan con mantequilla y chocolate negro rallado, Dolka, creo. O de bocadillos de leche condensada La Lechera que engullíamos también por uno de los dos agujeros que le hacíamos a la lata. Si había suerte, jamón de Teruel y si había menos,  el infame chorizo de Pamplona cuando íbamos de salado. Bocadillo en una mano y manillar de la bici en la otra. ¿Dónde vas? Por ahí.

Los lácteos no eran postre diario, más bien para fiestas de guardar, lo cotidiano era la fruta. Me acuerdo de la copa Danone, esa nos gustaba mucho. Y cuando comíamos Danones coleccionábamos las tapas que siempre llevaban algo de Willie Fog o de Dartacan. Hablando de ocasiones especiales, recuerdo los sábados en la piscina, cuando nos daban cinco duros y nos comprábamos unas patatas al jamón, con ese sabor a polvos que nos encantaban. O el  Micolapiz, todo vainilla y punta de chocolate negro, mi helado preferido hasta que llegó el Negrito. Si alguna vez íbamos a Zaragoza y tomábamos algo en un bar, me moría por una gamba a la gabardina.

Luciendo palmito en la piscina

Luciendo palmito en la piscina

No era yo de chuches, pero recuerdo unos chicles a peseta que comprábamos en el Señor Ángel. Había dos formatos, uno rectangular, rosa pálido, que perdía el sabor en cero coma y otros de idéntico sabor artificial pero en forma de bola que sacábamos de un dispensador. También me acuerdo de Félix Juansoldao, que tenía una jabalina en el corral. Íbamos a su casa porque tenía tele en color, a ver Mazinguer Z. Yo siempre le daba almendras a la jabalina, que las cascaba y escupía la cáscara y él nos daba chicles o caramelos Chimos. También recuerdo los chicles Boomer y una edición especial de chicles Halley que sacaron con motivo del paso del cometa. Estos los comprábamos en el bar del Aurelio.

En casa también se hacían dulces que luego se horneaban en la panadería: madalenas, tortas de moño, bizcochos… y para Navidad, turrón de chocolate casero y mazapán. Una vez me empaché pelando almendras para el mazapán y tardé años en volver a comer almendras cocinadas. Las crudas me gustaron siempre. Aún veo a mi yayo en su taburete de ordeñar cascando almendras como si no hubiera un mañana.  También me empaché en otra ocasión de encanelados de la panadería y otra de esas pajitas de patata descoloridas.

Para forjar mi memoria palatal también participó mi vecino José María, un superviviente, un Dersú Uzala aragonés. Vivía de lo que cazaba y de lo que recogía en el huerto o en el corral. Tenía cabras que me dejaba ordeñar, tenía gallinas, conejos, alguna oveja y muchos perros que siempre se llamaban Rayo, Tejero y Chispa. Si era negra, Mora. Así éramos entonces.

José María decía ave que vuela, a la cazuela. Y no sólo ave, José María también comía topo, lagarto (aquí fardacho), culebra, rata de agua, etc. Mi hermano mayor probó alguna de sus “carnes de caza”. A mí ya me daba huevos fritos con chorizo casero. Se vanagloriaba de no usar el agua: para cocinar, sartén y para beber, vino. Aún lo veo sentado a la fresca con la maza de jamón, la navaja, un trozo de pan y la bota de vino, para qué más.

Mis primeros escarceos en la cocina fueron con mi hermana. Hacíamos pastas de harina y agua que cocinábamos en la chimenea de la caldera, a la plancha. Hoy en día le hubieran quitado la custodia a mi madre. Estaban asquerosas, solo sabían a harina, pero a nosotras nos parecía repostería fina. También cortábamos patatas muy finas y las hacíamos en el mismo sitio. Sabían a patata cruda, pero es que a mí de pequeña me gustaba.

Éramos gente de pueblo y por ende, recolectores. Con mis amigos, cogíamos regaliz de palo, “calabacines” (las semillas de la malva silvestre), “angelitos” (las dulcísimas flores blancas de las acacias), granadas (aquí, mengranas), moras de árbol y de zarza… las primeras las cogíamos cuando íbamos a coger hojas de morera para nuestros gusanos de seda, muy de moda en los ochenta. También robábamos fruta sin parar, pero ahora ya se puede decir porque ha prescrito.

La gastronomía de los cumpleaños también es digna de mención. Esos mini sándwich triangulares de Nocilla, foie gras Apis o embutido de poca monta: la exótica mortadela de olivas, el nombrado chorizo de Pamplona, etc. Esos gusanitos, esas patatas fritas y de postre tarta casera o brazo de gitano. Con treinta y todos años aún le pido a mi madre cada año que me haga esa tarta de bizcocho, mousse de chocolate y cobertura de chocolate negro. La mejor del mundo y no exagero.

Creciendo en el pueblo

Creciendo en el pueblo

Y cuando íbamos hacia la adolescencia, llegó la época del descubrimiento del fuego. Hacer hogueras era lo que más nos gustaba. No hacía falta que fuera San Antón. Cualquier excusa era buena para hacernos una hoguera y asar patatas, chorizos, morcillas y longanizas. Y el ternasco a la brasa, que los críos no podíamos permitirnos en nuestras lifaras, lo comíamos en la arboleda de la ermita para las fiestas pequeñas. Esa ocasión también era nuestra iniciación al vino, con melocotón y bien de azúcar, un postre delicioso que te alegraba el espíritu.

Ahora he vuelto a mi pueblo y aunque no es lo que era, aún como huevos del corral de la Carmen, verduras que ponemos en el huerto y repostería casera de mi madre. La crisis económica está haciendo que muchos huertos hayan resucitado y varios vecinos han adaptado sus jardincitos para poner un gallinero. Esa sabiduría no se puede perder, ya que es el arte de la supervivencia. Y aunque cuando éramos pequeños nos gustaba el tomate frito Orlando y la sopa de sobre Gallina Blanca, por eso de lo exótico, nuestro paladar aprendió a comer sano, local y sabroso. Sostenible, en una palabra. Y el que tuvo, retuvo.

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6 comments

  1. No solo no pierdes esa sabiduría querida Ilustrada, sino que además nos haces al resto partícipes emocionadas de lo que cuentas, y cómo lo cuentas. Yo soy de ciudad, no de pueblo. Me encanta el asfalto, pero cuando te oigo y leo, me encuentro frente a esos huevos fritos, a esa leche de vaca (que yo nunca he probado), frente a Carmen o al de la caza y siento envidia sana. Por poco tiempo, porque en seguida que me encuentro contigo haces que me traslade allí. Así que enhorabuena porque además de mi amiga más saludable y de la persona que más he aprendido de agroalimentación, eres una evocadora nata. Y, mientras, sigo esperando tus “post” en este blog genial.
    Y al resto de lectoras/es, os aseguro que esto que escribo, no es pelotéo ni amor de prima, ni de amiga, es la VERDAD MÁS OBJETIVA que tengo sobre la vida.

  2. Creo que me he puesto colorada

  3. Yo conozco esa leche y esos huevos y esa huerta!!!……y ¿sabes qué me ha venido a la cabeza?… esas yemas de huevo, crudas y batidas con azúcar que nos merendábamos a cucharadas al calor de la cocina de leña.
    Me ha encantado tu relato y quiero más!!

    1. Habrá la memoria de mi paladar 2, me he dejado demasiadas cosas en el tintero. ¡¡¡Gracias!!!

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