La memoria de mi paladar 3. Adolescencia

Tenía dieciséis años cuando empecé a escalar. Pude permitírmelo porque mi primo Diego, diez años mayor que yo, se aficionó a trepar por las paredes y me llevaba con él. Morata de Jalón fue mi escuela de escalada, como la de cualquier escalador de la provincia de Zaragoza que se precie. Esas mañanas de domingo salíamos temprano desde Zaragoza para aprovechar bien el día. Subíamos cinco o seis vías, antes de que el hambre empezara apretar. Mi primo, en plan vigoréxico, siempre llevaba para almorzar pan tostado integral, algo de queso, yogoures Bio que ahora se llaman Activia y otros etéreos piscolabis que no hacían sino aumentar mi hambre adolescente y deportista. 

Yo veía a mis pies (estaba escalando) grupos de montañeros greñudos que preparaban sus perolas de judías blancas con chorizo, en esos camping gases pequeños, azules. Llevaban también embutidos y jamón, latas de sardinas y otros alimentos sin duda más contundentes y apetitosos, después de una jornada de escalada, que mi triste pan Silueta. Más tarde me uniría a esos greñudos, pero nunca llegaría a compartir con ellos sus proteicos almuerzos. Y es que, con dieciséis años y respondiendo a mi fiebre por la escalada deportiva, pero también a mi espíritu hippy, dejé de comer carne.

Escalando en Riglos.

Al principio abracé el vegetarianismo, eso sí, ovo-lácteo, porque yo sin huevos y queso no puedo vivir, aunque tardaría poco en volver a incluir en mi dieta el pescado y, por supuesto, el marisco, cuando se podía. Nunca tuve tanta empatía con los animales del mar como con los de la tierra, con los que me había criado. En esa época me eché un amigo de Morata, el Jesús, también escalador. También vegetariano. Su madre hacía una carne de membrillo espectacular. Pero también hacía tortas y toda suerte de repostería de pueblo que, en mi opinión, debería ser nombrada Patrimonio Intangible de la Humanidad por la UNESCO. Morata es un pueblo antiguo y la tradición se intuía en cada esquina: cuando veías la silla en la puerta de una casa, con una barquilla de cebollas a la venta; cuando íbamos a casa de la Julieta a comprar el recio vino a granel o cuando entrabas en el horno a comprar el pan, inspirabas y tocabas el cielo con la mano.

Eran tiempos de mueslis, de hamburguesas de avena y de carnita vegetal (ese invento del demonio de Santiveri), pero también de carne de membrillo casera con queso fresco (también casero) y nueces del huerto. Siempre me había gustado la cocina pero en esos tiempos depuré la técnica porque mi madre, obviamente, no iba a hacer una comida especial para la hippy de su hija adolescente. Así que, cuando en mi casa había carne, yo me guisaba mi alternativa, libre de animalicos del terruño.

Campo Base Perroflauta en Montanejos.

No se puede hablar de adolescencia sin recordar esos primeros encontronazos con el alcohol, ese viaje etílico que te lleva de los empalagosos licores de melocotón o manzana que bebíamos en vaso de chupito, al kalimotxo y, final y felizmente, a la cerveza, pasando por el loco tequila, el infame zurracapote o el cabezudo patxarán. Hamburguesas completas sin hamburguesa, en el Buitaker, en mis noches de jarana por el Rollo; dietas a base de tortillas de patata, cebolla o calabacín, en las Txoznas de las fiestas de Bilbao; pasta, pasta, legumbres, arroz y más pasta en mis comidas montañeras; pistos, legumbres y más arroz y más pasta en nuestro piso de estudiantes en Madrid; sandwich vegetal (sin jamón, por favor), en cualquier bar de carretera y mochilas cargadas de bisaltos, ajos tiernos y habas en mis viajes primaverales del pueblo a Madrid. Cómo olía ese autobús, señores.

Todo va quedando impregnado en la memoria de mi paladar.

La memoria de mi paladar 2. Navidad

La memoria de mi paladar

 

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One comment

  1. […] otro día leí este artículo en el blog de Cris Arguilé, una de las profesoras del Máster de Comunicación y Periodismo […]

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