El asunto catalán

“Les debo una canción a las fronteras 
a las fronteras humanas, no a las del misterio
les debo una canción tan poco nueva 
como la voz más elemental de los colegios”.

Testamento. Silvio Rodríguez

Nunca he creído en las fronteras, ni en las humanas ni en las del misterio. Rural, medio hippy – medio punk, y con un cuarto de genética anarquista utópica, creo en los territorios en los que las marcas las imponen los ríos, las montañas, los valles y las mesetas. Así pues, soy del valle del Ebro, ese es mi país y creo que mi paisaje y mi paisanaje tienen mucho que ver con los de alguien de Tudela o de Tortosa. Pero todo fue fruto del azar. Nací aquí por casualidad.

Los habitantes del valle del Ebro tenemos en común historia, lenguas, cultura, huerta y, por lo tanto, mucha cocina. Lo mismo les ocurre, a mi juicio, a las gentes del Matarraña-Matarranya, a las de la Noguera Ribagorzana o Pallaresa o las del Maestazgo-Maestrat.

Cuando recorría Aragón, haciendo reportajes para la revista ‘Viajar por Aragón’ o dando charlas – degustación de productos de Aragón, con mi amiga Adriana Lacambra, para la campaña ‘Pon Aragón en tu Mesa‘, saltábamos de una comarca a otra y yo me preguntaba por qué alguien puso una frontera partiendo un territorio tan homogéneo, dividiendo a iguales. Las fronteras humanas… o las del misterio.

Íbamos hacia el este y, de repente, en el siguiente pueblo, la gente hablaba en catalán, pero nos lo tomábamos con tanta naturalidad que ni lo notábamos. Pasábamos de un pueblo al siguiente y, de pronto, el paisaje se tornaba mediterráneo. Cambiábamos de comarca y, sin apenas percibirlo, el cierzo daba paso a una brisa que venía del mar.

Somos lo mismo, digan lo que digan.

El Delta, llegando a una de las desembocaduras del Ebro.

Uno de mis viajes preferidos es el que me lleva, siempre que puedo, aguas abajo del Ebro, hasta el Delta. El río como vía de comunicación, de intercambio cultural, de invasión, de huida. El río como arteria y como fuente de vida (y de muerte); vaso comunicante, savia que alimenta los campos y a la gente. El río como frontera, trinchera en la guerra, eje de atalayas que vigilan al invasor. El río como bien codiciado y disputado, el anillo del Señor de los anillos… mi tesoro. El río como vertedero de industrias químicas, enfriador de centrales nucleares. El río como tierra de nadie, lugar común y camino de contrabandistas y piratas.

Hace un tiempo hubiera ido en llaut y hubiera vuelto de la misma manera por uno de sus camís de sirga, pero por culpa de las presas tengo que hacerlo en coche. La primera vez que lo seguí a favor de la corriente hasta el Delta, al llegar a su último tramo pensé en la Waslala de Gioconda Belli. Pensé en Lousiana.

Y en esos viajes de ida y vuelta, nunca, jamás, vi una frontera. Y seguiré sin verla.

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